miércoles, 12 de junio de 2013

EL AMOR PUEDE SER TAMBIÉN UNA VÍA MUERTA



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El amor puede ser también una vía muerta. Un callejón sin salida que se estrecha de pronto, sin que apenas sospeches que estás ya frente a ese muro que en un segundo ha sido capaz de levantarse, aparentemente de la nada. A menudo, cuando paras en seco, cuando de repente comprendes que no puedes seguir avanzando, es en el preciso instante en que también entiendes que retroceder resulta del todo imposible, que no podrás volver sobre tus pasos. El dolor llega tarde, demasiado tarde, cuando no hay ya huida posible, lugar para el regreso, porque cometiste de nuevo el error de entender el amor como una patria, de instalar un hogar, tu hogar, en otro cuerpo. Entonces, sólo puedes apoyar la espalda contra el muro y llorar sobre tus manos abiertas, apretándolas con fuerza contra ti, como queriendo desaparecer, deseando tan sólo aniquilarte. Llorar hasta quedarte seca, hasta estar lo suficientemente anestesiada como para poder dormir a duras penas. A menudo el amor puede ser también una vía muerta. Algo que no lleva a ningún sitio, algo que hiere, que rasga, que atenaza, que paraliza cada músculo hasta que sólo eres capaz de sentir pánico. Lo peor del amor después del meteorito que todo lo destroza es la conciencia de que no será éste un dolor compartido, de que habrás de rumiar a solas tanta pena, tanto asco por toda la inmundicia que llevas a cuestas desde siempre y que también eres tú, aun no queriendo serlo. Porque ésa, no lo olvides, también puedes ser tú: una maldición, una cloaca, la peor de las hierbas. ¿No hace más frío?, ¿No viene la noche para siempre, más y más noche? Lo peor del dolor es siempre el otro, el daño que infligimos, la desolación de saber que hemos sido capaces de arrasar en un solo gesto con toda la belleza, que tanta devastación era posible y, además, que sólo es obra nuestra. Y créelo, aunque hasta hace un instante jamás lo hubieras dicho: no hay belleza capaz de seguir en pie después de esta matanza. La naturaleza del amor, por más que queramos, que necesitemos, que deseemos pensar lo contrario, es siempre frágil. Quizás por eso los enamorados tendemos a pensar que estamos entre nubes, porque admitir la delgadez del hilo del que penden la ternura, el deseo, las palabras (lo endeble que es aquello que frena la caída), sería insoportable. Hasta ahora creía que quien ama es incapaz de empuñar el mazo de los jueces; de vestirse una toga y dictar tu sentencia sin que le tiemble el pulso. Hasta ahora creía que el amor era yedra fresca que crece extendiendo raíces sobre la piedra, horadando incluso el material más fuerte Pero el amor es frágil como un niño enfermo -ahora lo entiendo-, y basta encañonarlo desde cierta distancia para abrir en su centro un agujero por el que escape en un instante todo lo bueno que pudiste entregar en su nombre. Quedan entonces sólo el frío, la noche para siempre, más y más noche de lo que jamás habrías sospechado. Quedas entonces tú, tendida en mitad de esa vía muerta, sabiendo que ningún tren va a pasarte por encima; que este dolor es tan sólo el principio.

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