miércoles, 17 de agosto de 2011

PREGUNTAD AL OLIVO

Enroscado en su propio tallo, hay un olivo que es portador de todos los secretos. En mitad de la nada, el árbol clava sus raíces sobre la tierra disponiéndolas como si fuesen tentáculos y abraza al poeta mientras las balas rastrean el aire buscando el calor de un cuerpo asustado. No queda más que el silencio. El olivo acaricia al poeta con dedos ásperos. Tiene el tronco torcido de anhelar crecer al mismo tiempo en todas direcciones. El barranco de Víznar vigila su sombra entreverada de aceitunas y hojas. No se sabe si es cómplice o si se hubiese tapado los ojos con las ramas de haber podido evitar ver morir a Federico. Cuando los cascotes se arremolinan en la tierra y han sonado ya todos los disparos, el poeta se agarra a los pies secos del olivo. Pero ya no soy yo ni mi casa es ya mi casa. No se sabe cuántas balas se han hincado en el aire antes de penetrarle, dónde empiezan la herida, la sangre, la rabia, el miedo a morir, el agua podrida de los pozos, el metal helado de todos los cuchillos, la luna como un pez de plata; tal vez aún espera que las balas se deshagan como terrones de azúcar antes de alcanzarle. Yo vuelvo a por mis alas, dejadme volver. Una hilera de uniformes sigue la trayectoria del cuerpo al caer; no se sabe si los tricornios rumian auténtico odio o se trata tan sólo de una danza de órdenes que se obedecen a ciegas, de una serie de giros movidos por una sed anónima de sangre. Tropezando con mi rostro distinto de cada día. No se sabe si saben a quién matan, si leyeron La Aurora o vieron a la Xirgú coser la libertad a una bandera en algún escenario. No se sabe si en el instante en que se dispararon los fusiles hubo un rastro de mala conciencia peinando la brisa; si alguien lloró o sólo hubo silencio; si los fusilados dejaron su dignidad colgada en las ramas para hacerse un traje con todo el miedo, la saliva y las súplicas que pudieron acumular antes de irse. No se sabe si ellos, los asesinos, llorarían después o celebrarían su miseria con alcohol y con risas. Aquí no hay mañana ni esperanza posible. Pero sí se sabe algo: que todas las palabras escritas al filo de la incomprensión por el poder y sus macabros juegos siguen latiendo, que los versos del poeta se retuercen aún como lombrices en el barro, afónicos de aullar la misma rebeldía durante setenta años y que ésta siga estando cercada por la derrota, atrapada en un amasijo de dólares y bombas, sola, herida, apuntando siempre a lo imposible.

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