miércoles, 17 de agosto de 2011

EL POETA

El poeta supo que la verdad incómoda que el público rehuía, todo lo que las gentes de bien encerraban bajo siete candados con el afán de olvidar, conformaba el cenagal del que tenía que surgir el teatro al que él aspiraba. Supo que había que hacer revolverse a los espectadores en sus palcos, provocarles la náusea que reprimían. Desenmascarar a la literatura, pero, sobre todo, desenmascarar a quienes se parapetaban tras la conformidad con una noción de arte que no les obligaba a mirar lo que no querían ver, que les reafirmaba, a fuerza de artificios estéticos y morales, en la ficción que habían convenido como auténtica: la de sus propias vidas ordenadas y pulcras, la de un mundo levantado a costa de aparentar que nada de lo que pasaba estaba teniendo lugar, que todo permanecía en su sitio. El poeta se aventuró a convertir su propio teatro en un estercolero, en un pantano vacío de agua que dejaba de pronto al descubierto la injusticia, la incoherencia, la bestialidad, lo que nadie quería enfrentar sin tapujos: “Para no ver el inmenso torrente de lágrimas que nos rodea cubrís de encajes las ventanas”. Ensayó, en El público y Comedia sin título, ese otro teatro, visceral y devastador, que pondría en jaque todas las mentiras y la falsa belleza en las que convenimos creer para que nuestro mundo podrido no se viniera abajo. En la etapa surrealista aparece el Lorca más real, más apegado al ser, al necesario ejercicio de mirarse de veras al espejo sin autoengaños ni simulaciones. Denunció que los dramas que conmovían y entretenían a la sociedad de su tiempo estaban haciendo oídos sordos a la verdad mísera de las calles, al dolor de la gente, y echó abajo la belleza de atrezzo, quiso que lo que ocurría entre bambalinas se convirtiera también en parte de la trama, que los trucos del teatro se mostraran a sí mismos como tales y que, desde los palcos, los asistentes vieran cuál era el rostro sin maquillaje de la vida, el aspecto del desnudo que queda bajo todas las máscaras. Hizo así del teatro una metáfora del mundo, al que sabía que habíamos de despojar de todo convencionalismo moral y social, para entender al ser humano y representarlo de veras, mostrando las caras que tamizamos con cientos de caretas, para no ver de lo que realmente estamos hechos. Por eso lo asesinaron, por obligar a su tiempo a mirar sin velos el horror que a todos nos habita, por forzar al hombre a reconocerse en una imagen de sí sin encubrimientos ni distorsiones. Y por eso sigue, hoy, más vivo que nunca.

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