sábado, 31 de julio de 2010

Entre Oz e Ítaca

¿Qué pensaba Dorothy mientras agitaba sus zapatitos rojos y apretaba a Toto contra su pecho, mientras repetía para sí: “no hay nada mejor que estar en casa”? ¿Qué pensó Ulises cuando divisó Ítaca a lo lejos, después de tanto tiempo? Mientras los narradores describían la plenitud de la vuelta al hogar, el sueño cumplido del regreso, ¿qué miedos de los que nadie habló asaltaban a los repatriados? ¿Y si, en su ausencia, todo hubiese cambiado hasta volverse irreconocible? ¿Y si, por el contrario, todo hubiera permanecido exactamente igual, idéntico a como lo recordaban? ¿Qué encontrarían: la perturbación o la asfixia? Y ellos, ¿podrían olvidar que ya eran otros, distintos a los que dejaron atrás aquellas tierras que un día pudieron sentir suyas? ¿Podrían desembarazarse del recuerdo de cíclopes y sirenas, de espantapájaros y hombres de hojalata, de todo lo acumulado a lo largo del viaje? Es más, ¿querrían olvidarlo? ¿Acababan ahí, en el preciso momento de alcanzar lo que tanto habían perseguido, sus historias? ¿Adónde dirigirse una vez cruzada la línea de meta? ¿Qué sentido puede tener la vida cuando el imposible que perseguimos se vuelve real, cuando todos los relatos nos dan por vencedores? ¿No es quizás la incomodidad, la sensación de no haber llegado aún a casa, el impulso vital que nos arroja al mundo? ¿No es el viaje la única manera que tenemos de aferrarnos a la vida? La alfombra de fieltro que nos da la bienvenida, las zapatillas calientes que adoptaron la forma de nuestros pies hasta considerarla una forma propia, Penélope, la quietud de lo que espera por nosotros, ¿no nos matan un poco más, no nos precipitan hacia la muerte? ¿Amarrarse o errar sin rumbo? ¿No perder jamás de vista el Norte o pisotear la brújula hasta romperla en mil pedazos? ¿Cómo puede vivirse con un pie dentro y otro fuera? ¿Cómo seguir explorando lo ignoto sin renunciar a la seguridad de una constante? Y, el que espera, ¿qué derecho tenemos a arrebatarle así la vida, a atarlo a un tiempo en el que no ocurre nada? Entre Oz e Ítaca, entre tejer y destejer, entre la inmensidad del mar y las cuatro paredes, ¿cómo permanecer siempre en el impás que precede al regreso avistando la patria? ¿Cómo congelar el momento de chocar contra sí los zapatos rojos de charol, con el corazón encogido por las dudas, la esperanza, la nostalgia, el anhelo, con todas las preguntas abiertas y el final esperando a ser narrado? Agitando las manos en el aire, despidiéndonos de Oz, cuando comienza a oler a casa, justo antes de poner el pie en nuestra isla, con todo lo vivido interrogándonos... ¿Cómo congelar el momento? ¿Cómo quedarse ahí donde la búsqueda no acaba?

1 comentario:

nú. dijo...

tus fieles seguidoras tenemos mono de posts.

Actualización o caos!

;)