miércoles, 22 de octubre de 2008

Tumbados en el diván, los próceres salvaguardias del capitalismo hurgaban en sus fantasmas agitando las manos en el aire. Sus respectivos psicoanalistas miraban de soslayo sus relojes de pulsera y bostezaban disimuladamente. Las crisis de ansiedad se habían disparado en los últimos meses; los antidepresivos apenas calmaban el insomnio y, en las intervenciones televisivas, las ojeras revelaban los desvelos de los presidentes a pesar de la doble capa de maquillaje y la tensa sonrisa que los asesores de imagen se empeñaban en recomendarles. Tan mal estaba la cosa que, algunos, a la desesperada, se habían lanzado a leer El Capital y aceptaban ahora la nacionalización, eso sí, tan sólo de los bancos, en una especie de descabellada versión del socialismo para ricos que habría provocado urticaria al mismísimo Marx. Una palabra les abordaba a altas horas de la madrugada, haciéndoles saltar de la cama entre sudores fríos; “¡Crisis!”, gritaban, mientras sus esposas alargaban la mano buscando a tientas los botes de somníferos. Eran días de reuniones y acaloradas discusiones sobre cómo frenar el hundimiento del sistema que tanto les había costado imponer en todo el mundo. Justo ahora que se libraban de los postreros estados comunistas, justo ahora que empezaban a transformarse las economías de los últimos bastiones socialistas y que casi todos los Estados cedían al neoliberalismo tras décadas untando grasa en los goznes de sus puertas, estallaba la maldita crisis. Mientras algunos economistas lamentaban haber forzado la máquina de aquella manera, los mandatarios de los estados más ricos, que se habían creído a pies juntillas la infalibilidad del capitalismo, se colapsaban sin saber qué hacer. La sabiduría popular se dejaba oír en los bares de todas las ciudades: “La avaricia rompe el saco”, repetían obreros y albañiles frente a sus platos de cocido, mientras se perdían en ellos mojando migas de pan, como versiones postmodernas del célebre personaje de Proust, repasando cuentas que no cuadraban y ensayando mentalmente argucias llegar a fin de mes. Los camareros, agobiados, bajaban el volumen de los informativos. Crecía el rumor de los comensales y, en los labios del presentador, nadie leía la breve noticia: 290 millones de personas en el umbral de la pobreza entrarían a engrosar la lista junto a los ya 923 millones de personas hambrientas en el planeta. Sólo un 0´7 por ciento del dinero que EEUU y Europa habían decidido inyectar en los bancos para salvar sus economías del bienestar habrían bastado para erradicar el hambre en el mundo, para que nadie tuviese una muerte precedida del rugir sus tripas vacías.

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