martes, 10 de junio de 2008

VIDEOPOLÍTICA

Había un ir y venir de destellos, colores, fogonazos de luz pixelizados. Por debajo de esa lluvia de ruido que empañaba la pantalla, se intuían las maniobras económicas, la mugre del poder, la metralla de todas sus mentiras. A la retórica como arma de manipulación política, se le sumaba entonces toda la fuerza desbocada de las imágenes. Se sabía ya que era mucho más eficaz apelar a la parte irracional de los individuos que esforzarse en persuadirles a través de la lógica; la esfera de lo emocional se había revelado mucho más moldeable que la de lo intelectual, plano en el que, tal y como la historia mostraba, una crítica insistente podía resultar devastadora. Lo emocional, sin embargo, era como el humo; se filtraba en cada hueco, horadaba las fisuras y se colaba por las rendijas más profundas de la gente. Podían jugar con la emoción que quisieran y provocarla en un instante. La conciencia de reconocer esa emoción y procesarla, en la mayoría de los casos, ni tan siquiera hacía acto de presencia. El hombre no difería tanto del perro: también segregaba saliva ante el estímulo adecuado. Por eso los políticos ya no contrataban a oradores; bastaba con un par de telepredicadores bien adiestrados. Abundaban los prestidigitadores y los ventrílocuos. Un buen truco bastaba para acceder directamente a las entrañas del individuo; se penetraba en él con algo apenas perceptible y, por tanto, no había posibilidad de que se resistiera. Uno no se puede purgar de lo que se filtra en sus pulmones cada instante, de lo que está en el aire que respira; el humo nunca se vomita del todo. El continuo fluir de mensajes inconscientes iba dejando un poso cada vez más espeso, adhiriéndose a las paredes del cráneo, confundiéndose entre la masa gris, hasta que el individuo se descubría pensando como ellos querían que pensara. Ésa era la trampa. Las conclusiones a las que la gente tenía que llegar se inyectaban directamente en el cerebro: así se suprimía el engorroso trabajo de la dialéctica, no hacía falta argumentar. La omnipresencia de la televisión bastaba. En ella se rehacía la memoria, se cambiaba el pasado, se inventaba la realidad. La mesa de montaje era el quirófano en el que al tiempo se le extirpaban órganos y se le amputaban miembros cada día. Sólo había que cortar la frase exacta, jugar bien la baza del sonido. Una melodía apocalíptica, un golpe de efecto final y, de fondo, la sensación de caos: planos cortos sucediéndose vertiginosamente. Creo que corría el año 1984, pero puede que eso también fuese mentira.

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