martes, 17 de junio de 2008

APOCALIPSIS

Las cadenas de montaje se detuvieron una mañana. Las fábricas eran desiertos de acero en completo silencio. Los obreros se mordían las uñas en los bares, esperando nueva orden. Los supermercados se vaciaron una mañana. Las grandes superficies eran estepas de plástico, intransitadas. Los empleados se mordían las uñas delante de las cajas registradoras, esperando nueva orden. Los fogones se apagaron una mañana. Las cocinas de los restaurantes eran montañas de cristal y aluminio, enmudecidas. Los camareros se mordían las uñas detrás de la barra, esperando nueva orden. Los centros comerciales cerraron al público una mañana. Los almacenes de las tiendas eran planicies de algodón y poliéster, desoladas. Los mozos de almacén se mordían las uñas detrás de sus carritos, esperando nueva orden. De golpe, habían dejado de fabricarse, distribuirse y venderse los cientos, miles, millones de productos que hacían girar el engranaje del sistema y éste se resentía, ralentizaba sus movimientos, se descompensaba a cada vuelta de tuerca. Los economistas y los medios hacían sus pronósticos catastrofistas y auguraban, cual Nostradamus asustados, el Apocalipsis. El fin de los tiempos no vendría precedido de ángeles exterminadores, fuegos fatuos y plagas de langostas. Sólo el silencio en las calles, los coches en los garajes, los comercios vacíos, anunciarían el desenlace. Marx despertó de su mejor sueño un siglo después de haber muerto. Encendió la pantalla. Una semana antes, todas las imágenes televisivas destilaban el aroma del fin. La autodestrucción del capitalismo parecía un hecho consumado. Ahora, las estanterías desiertas de los comercios y las gasolineras selladas habían sido sustituidas por viejos conflictos bélicos y catástrofes naturales. Marx se frotó los ojos y maldijo los mensajes confortadores de los mismos medios que la semana anterior alarmaban a las masas con sus vaticinios apocalípticos. Comprendió que no ocurriría nada, recordó que él sólo era un fantasma olvidado de todos, que ya ni siquiera podía aparecerse en las pesadillas de los tecnócratas neoliberales que no sabían ni escribir su nombre. El sistema se tambalearía durante un tiempo, víctima de un ligero temblor, reestructuraría sus piezas y encontraría la manera de salir a flote. El darwinismo haría el resto. En época de recesión económica, morirían los elementos más débiles y mutarían los fuertes, adaptándose a las nuevas circunstancias, asegurándose la supervivencia sin importar el coste. Nada iba a caer ni terminar, por tanto, nada en su lugar podría levantarse ni empezar. Sólo tendríamos una prolongación agónica del mismo sistema enfermo y asfixiante, y al fantasma de Marx vomitando en una esquina.

1 comentario:

LILITH dijo...

Me encanta la imagen de la gente mordiéndose las uñas a la espera de nueva orden... es como la vida misma!

Un besote sister,

Myriam