martes, 20 de mayo de 2008

NO HAY NADIE PARA VERLO

En Harlem, se ha disparado una boca de riego. No hay nadie para verlo. Una farola ilumina la escena desde el margen izquierdo de la calle. El cielo escupe humo y los niños despiertan a sus héroes y a sus fantasmas en mitad de un sueño espeso que no interrumpe nadie. Las hileras de casas se pierden a lo lejos. El agua estalla, vuela unos metros y se desparrama en varias cataratas hasta alcanzar el suelo; salpica el asfalto, avanza por la carretera y se desliza cuesta abajo hasta colarse por las rendijas del alcantarillado. No hay nadie para verlo. Sólo los cristales desvencijados de la cabina telefónica, las persianas corridas de la tienda de comestibles del viejo Smith, las escaleras en las que, durante la tarde, los chicos liaron sus cigarrillos de marihuana y vieron pasar a las muchachas. No hay nadie para verlo, ni un testigo humano del viaje del agua, de la insignificante Odisea que ha comenzado en Harlem al dispararse una boca de riego. Pero al agua apenas le importa todo esto: avanza, se arrastra, repta por las baldosas, rueda con desesperación hasta alcanzar las cloacas. El agua se abre paso entre la mierda y la basura que la ciudad esconde bajo tierra para llegar a Ítaca. En su búsqueda no hay dioses, cantos de sirena ni gigantes, sólo el hedor que precede el encuentro con el mar, la náusea que anuncia el final del viaje.

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