martes 19 de mayo de 2009

RÉQUIEM AL POETA DISCRETO

Fue, junto con Neruda, quien llenó de versos las primeras heridas, quien inauguró mi conciencia política y poética, dando nombre a embrionarias rebeliones, que surgieron al albor de las primeras dudas y sospechas. Fue el poeta con el que abandoné la infancia y descubrí tristezas y trincheras, y hubo un tiempo en el que convertí en ritual recorrer sus versos discretos y sencillos, ésos de los que nadie habló después en los círculos universitarios, ésos que parecía de mal gusto citar entre poetas. Cuando llegaron Borges, Joyce, Kafka, Musil o Dostoievski, cuando el paisaje literario se volvió denso, llenando de prosa mis predilecciones, cuando parecía que había que arrepentirse o avergonzarse, no me ruboricé al declamar de memoria sus estrofas (somos torpes o demasiado cautos/ pensamos que la batalla es nuestra o de ninguno), al encabezar mis trabajos con sus versos (no te salves ahora ni nunca/ no te salves); no supe, no pude abandonarle. Siempre me pareció mezquina la soberbia con que los intelectuales le abjuraban, el desprecio abyecto de algunos elitistas que tachaban sus versos de infantiles, que describían su tierna ingenuidad como una tara. Y, aunque le fui relegando de a poco, sin casi darme cuenta, más por necesidad de hacer hueco a otros hallazgos que por purismo, siempre hubo quien me obsequió con un último poemario que yo leía con enorme cariño, fiel a la ternura y al respeto que el poeta me inspiraba. Así, sus versos envejecieron delante de mis ojos, se llenaron de arrugas y de canas, se encorvaron suavizando nostalgias y recuerdos, relativizando victorias y derrotas, haciendo de la memoria y de la espera de la muerte un refugio tranquilo (Me he quedado con las manos vacías/ esperando que alguien me convoque). Me conmovió la belleza apocada de su escritura postrera (A los ochenta las paredes miran/ y a veces hablan y aseguran/ que todavía no van a derrumbarse), la forma en que Benedetti presentía la muerte, a veces con estoicismo (La juventud está tan lejos/ la infancia tan remota/ las pugnas tan perdidas/ que no hay que buscar más/ porque es inútil), a veces con vetas de rabia, agitándose aún al sentirse vencido (No quise ser escarcha/ y sin embargo/ me arrinconó la vida). Me provocó una ternura infinita su imagen dulce de abuelo de todos, su voz apagada, esa forma suya de leer los versos como quien lee para sí mismo, seguro de que no vale la pena alzar la voz para tan poca cosa como un verso. Me conquistaron su humildad y su decoro, su forma de huir de la estridencia, la lección sin precio de su huella discreta. Y hoy le lloro porque, a estas alturas, su rostro familiar, su poesía tantas veces compañera, su murmullo literario que lleva casi dos décadas conmigo, me hacen quererle como a un maestro, admirarle como se admira a un viejo amigo.

lunes 9 de marzo de 2009

ELLAS

Eva Cassidy: en su última actuación, cantaba el “Cheek to Cheek” abrazada a una guitarra y evitaba mirar a cámara cuando saltaban los flashes. Ángela Davis: en la fotografía color sepia, la mujer más hermosa del mundo alza el puño y sonríe; su cara, enmarcada en la redondez perfecta de su corte a lo afro, posee la misma fuerza de pantera que aún tienen sus palabras. Billie Holliday: aferrada a una botella y apoyando las caderas sobre un piano de cola, llora mientras canta. El público guarda tanto silencio que desde el palco puede oírse el sonido del mechero con el que la diva negra enciende un largo cigarrillo en mitad del solo de trompeta. Virginia Woolf: encerrada en su habitación propia, la escritora teje su prosa de doble filo, mientras se ve a sí misma atravesando la orilla del lago hasta hundirse dibujando ondas sobre la superficie del agua y ninguna imagen le parece entonces más poética. Ella Fitzgerard: una mujer oronda se seca el sudor en mitad de cada estrofa; quieta, deja salir las notas del “Summertime” por su enorme boca; mientras tenerse en pie parece costarle la misma vida, su voz clara se pierde en giros imposibles, como si tal cosa. Simone de Beauvoir: acompañando a sus mujeres rotas, disecciona las trampas de la felicidad burguesa, mientras le pide a Sartre que le traiga un té cargado. Emily Dickinson: una mujer con un vestido de algodón blanco pasea por los campos de Massachusetts con su pequeño cuaderno bajo el brazo. A la altura de un álamo, se sienta y escribe un par de versos (ningún cepo puede torturarme mi alma en libertad). Mujer anónima 1: frente al espejo, una mujer se sostiene los senos con ambas manos y observa las estrías de sus nalgas sabiéndose lejos de su juventud; la belleza, la única virtud que desde niña le fue reconocida, empieza a agriársele; mientras se pregunta con qué ojos la mirarán cuando el deseo deje de orbitar alredor de su cuerpo, una falda de terciopelo rojo y desgastado yace arrugada a los pies de la bañera. Mujer anónima 2: sentada sobre la cama, una mujer baja la vista y se detiene en sus manos ásperas y callosas, que sujetan el cheque mensual; se pregunta qué harán sus hijos al otro lado del océano y si la dejará dormir hoy tanta soledad. Mujer anónima 3: sentada frente a su PC, una mujer trata de convocar a un grupo de pensadoras, poetisas, cantantes, mujeres reales o inventadas, a una fiesta que se celebra a solas un 8 de marzo, en una habitación cualquiera, con ellas como telón de fondo y una invitación abierta a todas sus hermanas.

jueves 19 de febrero de 2009

Un tal Julio

Convertidos a menudo en obstinados perseguidores, en celosos rastreadores, en minuciosos coleccionistas de huellas, los lectores de Cortázar nos reconocemos los unos a los otros como miembros de una especie de sociedad secreta que busca en lo extraliterario ampliar el radio de la ficción, hundirse en la escritura, salvar la distancia entre la vida y la poética del cronopio, jugando a creer que rostro y trazo no son más que la imagen y su doble invertido en un enorme espejo. Convertidos en involuntarios mitómanos, arrastrados por el impulso adolescente que transforma la admiración en idolatría, entre las páginas de nuestras bibliotecas cortazarianas guardamos trazas de la vida de Julio: un puñado de fotos, un mechón de su espesa barba, las cenizas de uno de sus puros, sus erres gatunas, ronroneantes, una bombillita con restos de mate recién cebado, su mirada infantil, su aspecto tímido, su aire de niño perdido, extraviado de una obra de J.M. Barrie; la imagen de una autocaravana con Carol sonriéndonos al fondo, la cinta de cassette en la que nos leyó de viva voz lo que la Maga le escribía a un Rocamadour ya moribundo, una postal del Pont-de-Neuf, restos de tiza para seguir dibujando rayuelas bajo las ventanas de todos los psiquiátricos, un disco imaginario de Charlie Parker con Thelonius Monk, un par de dados para lanzar al aire, una heteróclita colección de piedras y hojas secas, un tratado sobre literatura firmado por Morelli, una gigantesca lista con los cronopios y famas que fuimos conociendo a lo largo de los años y, sobre todo, la más absurda de las esperanzas: la de dialogar con él a través de su obra, la de llegar a él al final de sus juegos. Por más que acostumbremos a separar obra y autor, a guardar la distancia necesaria para emprender con cautela el acto de lectura, algo en Julio nos arrastra a esa necesidad de intimidad, de proximidad, de camaradería casi patológica. No sólo amamos a Cortázar, sino que, a menudo, recelamos de los que dicen quererlo, nos disputamos secretamente a Julio, exigimos pruebas a los que se dicen sus lectores, y queremos creer, siempre, que en el fondo es más nuestro que del otro. Los lectores de Cortázar somos, como diría Vila-Matas, auténticos enfermos de literatura, pobres Quijotes o Montanos que no distinguen ya molinos de gigantes, para los que cada 26 de agosto es una fiesta y cada 12 de febrero se repite el mismo funeral desde hace 25 años. Somos ésos que desde el 2006 especulamos con el contenido del cajón de “Papeles Inesperados” que promete publicar Alfaguara y que esperamos releyendo sus libros en busca de un guiño que rompa la distancia entre realidad y ficción, entre la vida y la muerte, y nos haga saltar de la pecera, perder el "miedo a fortrarnos la nariz contra algo desagradable", vivir, al fin, del otro lado de la costumbre; saludar al gigante barbudo desde el interior de alguno de sus cuentos e invitarle a jugar el juego más absurdo.

domingo 28 de diciembre de 2008

2008

Él cogió su avión antes de tiempo, y no pude empezar el año con su boca ascendiendo por mis muslos, por mis senos, por mi cuello: un beso por cada campanada hasta llegar a mis labios en el último repique y oír tocar las doce en todos los relojes con su desnudo dibujando espirales bajo mi vientre. Él cogió su avión antes de tiempo, y el año empezó sin nosotros e igual le sonreí, porque compartí abrazos y risas, porque hubo música para curar nostalgias. Volví a Barcelona y tuve horas de furgoneta y carreteras secundarias; sonrisas, mimos, conciertos, noches de ojeras, cuartos de hotel y música, mucha música. Dejé a mis niños en abril, después de dos trimestres en un patio de colegio, inventando historias, llenando mejillas diminutas con mis besos, caminando con sus manitas abrazadas a mis piernas, curando brechas y secando lágrimas incipientes. Tomé un avión tras otro: Costa Rica, Méjico, Madrid, Marruecos, Argelia y vi pasar la primavera entre nubes, subiéndome a escenarios para otear cabezas y resucitar en cada nota, para hacer de cada melodía un aleteo. Volví a él mil veces, después de cada viaje, y encontré su calor, su cuerpo-patria esperándome, sus ojos hundiéndose en mis ojos. Y nos amamos cientos de veces, sin parar, hasta que el olor de nuestros cuerpos se quedó pegado a todos los rincones de todas las casas que habitamos. El verano nos encontró sudando en una cama; hubo amor y desamor, pasos que se quedaron pequeños o demasiado grandes; tomamos impulso al mismo tiempo y volvimos a encontrarnos al cabo de los días, siempre al cabo de los días. Me encerré en un estudio y la inseguridad me arrebató de golpe la magia que había almacenado aquellos meses. Quise huir y lloré de rabia por no ser capaz de ser yo, por volverme otra vez tan diminuta. Pero sacudí las manos y volví a levantarme, saqué pecho y afronté agosto estrenando sonrisa. Llegaron los ensayos, las reestructuraciones de la banda, las primeras respuestas al nuevo disco, la grabación del video-clip, los primeros conciertos. Y todo contigo y toda la gente que alguna vez amé y que reaparece en mi vida cada tanto. Con los viejos amigos que se acercan desde lejos, con los nuevos amigos que comparten ciudad y amor diarios. A ti, a ellos, a todos los cómplices en los que me miré y que me miraron, aunque fuese en la distancia, a través del papel o del teléfono, les debo un año increíble, precioso, uno de los más bellos que he tenido. A un mes de cumplir la treintena, empiezo a entender que la felicidad es esto: calzarte una sonrisa y sentirte cómoda en tu propio vestido; conservar el amor que una vez regalaste y cuidarlo a solas, más allá de los años y el silencio; saber que “a pesar de los pesares, tendrás amigos, tendrás amor, tendrás amigos”.

viernes 31 de octubre de 2008

Días de viento y lluvia

Días de viento y lluvia, de sofá y manta; miedo a salir a la calle después de la maratón de ensayos de las últimas semanas y el cansancio acumulándose debajo de los ojos. Terror a enfermar antes del sábado. Compruebo la resistencia de mis cuerdas vocales a cada rato; fuera la gente tose y yo sólo urdo estrategias para escapar a sus virus. Por suerte, hoy tampoco he de ir a ningún sitio que no sea esta casa en mitad del oleaje, esta isla en mitad de tu abrazo. Tengo la mejor calefacción: la de tu cuerpo cosido a mi desnudo. Mañana comienza la gira de presentación del nuevo disco. Esperemos que la agenda se nos llene de fechas en rojo y que alguna nos acerque al sur.

miércoles 22 de octubre de 2008

NOVEDADES

Como tengo el blog bastante abandonao, colgaré el último video de NOUR. Me gusta todo lo que hace Cuco (el director de nuestros dos videos) y recomiendo que conozcáis su trabajo, porque merece la pena. Ahhhh, presentamos nuestro segundo disco el día 1 en la fira de Manresa y el 19 en la sala Apolo de Barcelona. A ver si retomo la cosa cuando esté más tranqui y vuelvo a escribir. Besos a mis niñas madrileñas, que sé que me leen y a todo el que se asome a mi rincón.

martes 19 de agosto de 2008

RESURGIENDO

Huí de la ciudad deseando ser otra, odiándome por cada titubeo, por beber siempre de la botella equivocada y encoger hasta volverme diminuta cada vez que la reina de corazones se volvía hacia mí con el gesto siciliano de pasear el dedo índice por el filo de la garganta. Odiándome por enmudecer, por ahogar mi voz, por hacer de mi sonido un pozo negro. Huí de la ciudad anhelando ser una amazona, una coleccionista de cabezas, una cazadora de pigmeos de la que todas las bestias huyeran con los ojos ensangrentados por el miedo. Huí matando al ruiseñor que podía haber nacido de mi abdomen y no supo cómo hacerlo. Huí envidiando todas las voces hermosas de esta tierra, flagelándome por no ser nunca lo bastante buena como para gustarme a mí misma. Huí de la ciudad desterrada de todos los espejos, sin ni siquiera atreverme a mirar de soslayo mi figura. Recogí los pedazos, mi estómago deshecho por los golpes, mi miedo a dar un paso sin permiso, y aún me despedí del monstruo de seis cabezas intentando sonreírle. He vuelto. He vuelto con un vestido nuevo. He vuelto sintiéndome bonita. Sólo soy la sombra de lo que puedo llegar a ser. Y ahora lo sé. Me he vuelto imparable. Voy a verme crecer ante mis ojos, a buscar la melodía que me haga enamorarme de mi propia voz, a salir de ésta, como salí de todas antes, más fuerte y más segura de que poseo algo que puede llevarme a donde quiera: la honestidad de ser quien soy y de amar incluso mis fisuras.