miércoles, 24 de abril de 2019

INVENTAR EL HUESO




 "Inventar el hueso" está editado en Pre-Textos (2019) y es el poemario ganador del XXXIII Premio Unicaja de Poesía. Está dividido en seis secciones: "Decir yo es cavar una tumba", "Tú en el hueco", "Nosotras, que vinimos de lejos", "Ellos vendrán", "Del lenguaje y sus muertos" y "Atraviesa bailando este dolor". Os dejo un poema de cada una de esas partes.
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UNA HILERA DE OJOS

Pero a veces se entiende que decir yo
es tratar de nombrar una hilera de ojos,
un collar hecho de huesos y de piedras.
Levantar la piel.
Rastrear las pisadas de las otras.
A partir de sus huellas,
descifrar este baile.
Dirimir cuántas voces
se han pegado a tu voz
(si acaso hubo una voz primera o sola).

Abrir la vaina.

Separar con los dedos las semillas.




ESTA CEGUERA BLANCA

Si no hay un tú
que haga prender mis ojos,
que propague en mi cuerpo el incendio
que asola la mentira del «mí misma»
(que no es más que rincón, esquina, celda
donde las manos no pueden extenderse).

Si no hay un tú que me haga de baliza,
que señale dónde acabo yo
y empieza la arcilla de los otros.

Si no hay un tú:
esta ceguera blanca para siempre.




 ESTOS DEDOS QUE BAILAN


Nosotras,
en el patio de atrás
de una casa muy grande,
oreando el rencor con los brazos en alto
y el dolor de los siglos en los hombros.
Nosotras,
estirando este rencor tan blanco,
dejando
que todo el sol del mundo lo atraviese.
Nosotras,
vigilando el fuego de otros,
cocinando los huesos de otros
para hacer esta sopa
que a otros servirá de alimento.

¿Y qué tenemos nuestro
más allá de estos dedos
que bailan alrededor
del cuello de las bestias,
de estos dedos que matan
con un movimiento rápido, preciso,
y cocinan lo muerto
para dar de comer a una estirpe maldita?

Nosotras
y el rencor que se tiende
en los patios traseros de las casas.
Nosotras:
¿para cuándo otras manos,
otra historia, otra estirpe?




ELLOS VENDRÁN

Ellos vendrán de noche
y con manos de sombra
saquearán nuestra ciudad recién fundada.
Quemarán nuestras casas,
matarán a los hombres,
violarán a las mujeres
mientras silban.
Robarán nuestras bestias
y asaltarán las despensas
mejor abastecidas.
Comerán y beberán hasta hartarse.
Reirán hasta dolerles las mandíbulas.

Antes de que despunte el alba
se irán como vinieron:
levantando una nube de polvo
y volviéndose pequeños,
cada vez más pequeños
(hasta parecer inocentes
del grito, del semen, de la llama).

Para que no los olvidemos,
nos dejarán el destello del fuego
y un puñado de hijos bastardos
a los que rehuir y querer
a partes iguales,
desde el hueco terrible de la culpa.



 VOLVAMOS A LAS RAMAS

Volvamos a las ramas. A su música.
Retrocedamos
decenas de siglos en la lengua,
hasta un segundo antes de empezar a fingir
que una hebra invisible atraviesa los nombres
y los une a las cosas.
Volvamos al golpe de tambor,
a descubrir el ritmo.
A bailar alrededor de las hogueras,
conservando el asombro por la chispa.
Volvamos a los sonidos guturales,
a los fonemas silbantes
que rompen el silencio a fuerza de invocarlo.

Shhhhhhh.

No olvidemos que antes
de trenzar las palabras
nuestros dedos ya hallaban los caminos.
Volvamos a las ramas y a su canto.
Tachemos la gramática
y probemos a decir otra vez.
Como si nunca.
Para que decir vuelva a ser
señalar con la lengua,
olfatear las cosas
con clara voluntad de acorralarlas.

Para que decir no sea más
emigrar a otro cuerpo.
Para que deje el lenguaje de ser
o jaula o fuga.  




LOS OJOS DE LOS MUERTOS

Los cadáveres que se apilan aquí dentro
han venido a enseñarte
que todos los ojos de los muertos se parecen.
Abiertos y vacíos, se parecen.
Todos esos muertos, todos esos ojos
un día serán tú y te están palpando.
Quieren decirte con su tacto
que todo lo que os separa es el dolor:
que abraces el daño y sus esquirlas.



  

jueves, 1 de noviembre de 2018

BAJO LA LUZ, EL CEPO




Hubo un dolor punzante viajando por mis dedos, una enfermedad sin nombre por la que desfilaban doctores y pruebas que nunca encontraron las palabras, pero tampoco el modo de calmar o frenar eso sin nombre que crecía. Hubo un miedo a que el dolor siguiera extendiéndose hasta arrebatarme mis manos (las mismas con las que trabajo, escribo o acaricio) y dejarme sin nada. Y de ese miedo, de ese dolor que por las noches se tumbaba a mi lado y bisbiseaba en mi oído surgió este libro. Como lo mío nunca se dice desde el yo en mi poesía, convertí ese dolor en el de otras y armé las cuatro historias que aquí vais a encontrar. Todas ocurren en la segunda mitad del siglo XIX, porque entonces se vio con claridad que bajo toda la luz de la Ilustración, de la Modernidad occidental, se escondía un gran cepo. La primera parte, “La expedición perdida de Franklin”, habla de cómo quisimos llegar demasiado lejos a costa de los otros, de la cultura caníbal de la que provenimos, de cómo descubrir y destruir fueron lo mismo. La segunda parte, “Por la ruta de Siskiyou”, describe cómo quienes marcharon para buscar el brillo bajo el barro, con la esperanza del oro que esperaba a puñados en los ríos, acabaron topándose con el hambre y la muerte, y ese fue todo el sueño de progreso y riqueza que alcanzaron. La tercera parte, “Las histéricas de La Salpêtrière”, habla de la patologización de lo femenino, de cómo la ciencia moderna dejó de llamarnos brujas para llamarnos enfermas y cambió las hogueras por duchas pélvicas y palos entre los dientes antes de cada nueva descarga. De cómo nos volvimos locas allí dentro. De cómo nos “curaron" enfermándonos. La última parte, “La leprosería de la isla de Molokai”, va de manos que se doblan sobre sí y caras pedregosas, de compartir el dolor, de habitar un lugar al que se arroja a los enfermos, donde se arrincona lo que no quiere verse ni tocarse. 
Todo eso sucedió. Somos nosotrxs. Es nuestra historia. Y decirla es una forma de señalar los cepos, pero también de hacernos responsables. Este es el libro con más dolor, con más verdad que he escrito. Os dejo ese dolor y esa verdad buscando cuna, casa, nido. Ojalá vuestros ojos sean hogar.

miércoles, 25 de enero de 2017

VIRGINIA HABÍA NACIDO PARA AHOGARSE



Nadie pareció sospechar, aquel 25 de enero de 1882, que Virginia Woolf había nacido para ahogarse. Nadie supo entonces que, con ella, todas nos ahogaríamos un poco, pero también que, sólo gracias a ella, nos salvaríamos de ahogarnos. Sonrió a los que la vieron pasear entre los árboles aquella mañana de marzo. Llevaba un abrigo muy largo cuando escribió dos notas breves (una para Vanessa, otra para Leonard) en su pequeño cuaderno. Nadie previó que, antes de llenar de piedras sus bolsillos y hundirse en el río Ouse, Virginia escribiría algunos libros que cambiarían el curso de la literatura para siempre y que (algo más importante todavía) transformarían a todas sus lectoras, dejándonos como herencia una escalera muy grande y una lupa. Gracias a ella alcanzamos la altura necesaria para perder el miedo. Gracias a ella pudimos ver las cosas diminutas, invisibles con las que tropezaban nuestros pasos. Como a menudo ocurre con las grandes escritoras en cuyas biografías hubo desde el principio algo torcido (pienso en el miedo atroz a los otros de Emily Dickinson, en las depresiones recurrentes de Sylvia Plath o en las estancias en el psiquiátrico de Alejandra Pizarnik), cuando se habla de ella casi siempre se recalcan las palabras depresión, enfermedad, locura. Pero nunca se explican las razones de esa incomodidad profunda, de esa continua sensación de estar desencajada. ¿Cómo no palidecer cuando el lugar que ocupas jamás se representa, cuando siempre estás fuera de los mapas? ¿Cómo no revolverte cuando habitas un mundo que no te pertenece? ¿Cómo ser mujer en una realidad hecha por unos pocos hombres que tan sólo pensaron en otros pocos hombres mientras levantaban sus bastones de mando o se subían a los púlpitos de sus iglesias, sin mirar a los ojos a quien guisaba en sus cocinas? Cómo, además, no volverte loca, si pudiste entreabrir una puerta y asomar la cabeza a los sitios prohibidos, si tuviste la suerte de leer los libros que estaban reservados para ellos, de comprar un puñado de hojas y algo de tinta, de conseguir el tiempo y el espacio necesarios para escribir; si lograste publicar, incluso, mientras las manos de las demás se llenaban de surcos, sabiendo que todas tus hermanas se agrietaban por dentro. Cómo no llenar tus bolsillos de piedras y hundirte en el río Ouse si cada palabra tuya era sistemáticamente cuestionada, cada mínima rebelión desaprobada, cuando ellos escupían en cada una de tus pequeñas conquistas y podías intuir ya que 100 años después de escribir lo que escribiste las cosas seguirían prácticamente como estaban. Virginia, lo raro no es que tú te ahogases. Lo raro es que nosotras no te hayamos seguido. Y, si resistimos desde entonces y desde entonces luchamos, es, en gran parte, gracias a todo lo que tú nos legaste: a tu escalera, a tu lupa, a tu palabra.

jueves, 12 de enero de 2017

EL RESTO ERA SILENCIO





Hubo mujeres
que procuraron borrar con su escritura
la escritura de siglos y siglos y siglos
de escritura.
Hubo mujeres que trataron
de poner sus palabras
encima de palabras anteriores:
las que ellos habían dejado caer
sobre sus bocas,
al tiempo que apretaban las mordazas.
Hubo mujeres
que quisieron romper los relatos de piedra
que habían sido tallados al principio del mundo,
(repitiéndose desde entonces
alrededor del fuego,
donde se cuentan las cosas importantes).
Hubo mujeres que aprovecharon
(mientras sus hijos cantaban en la iglesia)
para rayar la luz de las vidrieras,
buscando bajo la Verdad otras verdades.
Hubo mujeres que apartaron de un manotazo,
como se aleja a las moscas de la sopa,
a Santo Tomás, a Freud, a Milton
y al resto de señores con sombrero
para quienes ellas fueron únicamente
unos seres delgados, susurrantes.
Hubo mujeres que,
al escribir, borraron,
pues sospechaban que sólo
en mitad de esa raya con forma de horizonte
se abría un punto de fuga diminuto:
el único posible.
Hubo mujeres que supieron,
sin que nadie tuviera que decirlo,
que, más allá de los confines
de aquella tachadura,
el resto era silencio.



*Serigrafía de Matthai. Título: "Tachadura".

lunes, 24 de octubre de 2016

HOMBRE-PÁJARO CON ALAS DE SOMBRERO




Querido hombre-sombrero; o mejor, mi querido hombre-pájaro con alas de sombrero (a ti, que tanto te gustaban mis guiones). Esta es la última vez que hablamos tú y yo (y, a decir verdad, aquí sólo estoy yo con tu recuerdo). Cuesta mucho, más de lo que habría imaginado. Pájaro negro en vuelo siempre raso, planeando muy bajo, rozando el lodazal con la barriga. Te recuerdo, hombre-sombrero, entrando por la puerta aquel primer día de clase. Recuerdo el dardo clavándose en mitad de las sienes, la punzada en lo oscuro al escucharte. Recuerdo que pinchabas, hombre-cactus, que tus disparos abrían agujeros en el cuerpo y que, de cada agujero surgían un umbral, un pasaje, una compuerta. Y recuerdo nunca más haber sido la misma. Llegó un momento en que Alonso Quijano tenía tus dedos largos y tus ojos. Y, en lugar de aquel Yelmo de Mambrino, llevaba tu sombrero. No existieron más sin ti Cervantes, El Quijote; Egea, la poesía. Querido hombre-sombrero, es tanto lo mucho que te debo... Te debo comprender, tener bien claro que ser marxista significa colocarse en un lugar pequeño y arriscado y, desde allí, saber mirarlo todo sin caerte. Te debo el enseñarme que la literatura, también, pero, sobre todo, la vida, debían ser nombradas desde ese islote rojo y que, si aún no hemos sabido llegar a la otra orilla de la que Brecht nos hablaba, no es, como muchos se empeñan en gritarnos, porque ésta no exista, sino porque no hemos buscado lo bastante. Te debo el haberme revelado que por detrás o por debajo de toda señal siempre hay un cepo, que cualquier cosa que pueda parecer un asidero es, seguro, una trampa. Te debo, mi maestro de la sospecha, adivinar al lobo-Capital detrás de esos ojos de cordero que a todas horas nos miran y aprender a no aceptar nunca, por nada del mundo, sus regalos. Te debo ser esta mujer-fortaleza que intenta resistir los cañonazos, aun sabiendo que al enemigo neoliberal le queda artillería para rato, que esto no ha sido más que una insignificante avanzadilla. Te debo pensar como pienso y como pienso seguir pensando el resto de mi vida (espero ser, como tú, molesta para el poder hasta el último instante). Te debo que, a pesar de ser nuestro Quijote, el que nos enseñó a ver gigantes en lugar de molinos, supieras ser también fiel escudero y estuvieras, siempre que te llamé, a mi lado, flanqueando mis palabras (leyéndome, diseccionando mi escritura, presentando mis libros, escribiendo ese prólogo que se nos ha convertido en epílogo aciago). Te debo ser a veces vigía y otras faro. Te debo mucho más de lo que pueda nombrar toda palabra. Querido Juan Carlos, adiós; querido maestro, amigo, camarada.



*Fotografía: Antonia Ortega.




jueves, 31 de diciembre de 2015

OJALÁ







Escucho “All of me” y “No more blues” y canto. A veces paro y respiro hondo y el olor de la pócima que bulle en mi cazuela me consuela. Cocino para exorcizar a los monstruos que han vivido entre mis paredes este año, que como polizones durmieron en nuestra cama, pegados a mi espalda. Cocino para despedirme de ellos y decirles que, a pesar de todo el odio, he aprendido a quererlos. Para decirles que puede que incluso los eche de menos y que espero, eso sí, que no regresen nunca. Mientras doy vueltas a lo que flota en mi olla, pienso en todos aquéllos a los que he amado, aunque fuese un poquito, en este año rocoso y de ceniza. Desfila mucha gente frente a mí en este recuento de afectos y sonrío. Son un ejército de rostros y de manos tendidas. Y suman muchos más que los fantasmas, aunque a veces no haya sabido darme cuenta. Y por detrás de esos fantasmas y de los rostros amigos, siempre tú y tus besos y tu cuerpo-refugio. Tú poniendo tiritas y empujando despacio. Esta noche brindaremos juntos y estaremos en familia. Y yo repetiré para mí, como si fuese un conjuro: “Ojalá que en el 2016 la vida se ablande. Ojalá que yo pueda ablandarme con ella. Ojalá que haya menos aristas, menos cristales, menos guijarros. Ojalá que sea más fácil deslizarse. Ojalá que saquemos la cabeza del fango. Todos. Todas. Ojalá que nos dejen, ojalá que sepamos ser mejores. Ojalá que podamos abrazar a los monstruos hasta que se vuelvan esponjosos”.

miércoles, 19 de agosto de 2015

UN PERFECTO DESCONOCIDO



París se desplegaba ante su mirada. Desde detrás de la ventana, las personas sentadas en las terrazas de los cafés, los grupos de turistas, la gente que caminaba por las calles, eran figuras borrosas, contornos tan sólo, pequeñas manchas en movimiento: manchas desplazándose sobre los adoquines, asomando entre los árboles o paradas al borde del río. Grupos de manchas detenidas frente a la fachada de una vieja iglesia; manchas solitarias deslizándose a prisa de un lado a otro de la calle; parejas de manchas detenidas en mitad del puente de piedra, muy juntas, con su balanceo casi imperceptible.
Como si se tratase de un mundo visto por primera vez, Filippo oteó la orilla del Sena nada más salir al balcón de la suite presidencial de su hotel. Con extrañeza, siguió con la mirada el recorrido de uno de esos barcos para turistas que cruzan el río. A Filippo le pareció hermoso el efecto que la noche daba a la embarcación, cómo la convertía en un montón de luciérnagas cabalgando la oscuridad del agua. Pero le pareció hermoso sólo de la manera en que a veces encontramos belleza en las cosas por las que no sentimos ningún tipo de apego, aquéllas que nunca, por el hecho de sernos tan ajenas, podrían llegar a conmovernos.
Había comenzado a sentirse extraño en el restaurante del hotel, poco después de que le sirvieran la cena. “Cárguelo a la habitación 213”, se había oído decir sin saber muy bien de dónde venían sus palabras. Tras tomar el café, se había encontrado algo mareado y había caminado por el interminable hall hasta el ascensor, para después tomar el pasillo de la izquierda, directo a su suite. Llevaba una hora mirando por la ventana cuando se decidió a salir al balcón. Resultaba inquietante aquella imprecisión, aquel baile confuso de figuras desconocidas, irreconocibles. Sólo en el desplazamiento acompasado de las embarcaciones sobre el Sena encontraba Filippo cierto sosiego.
Volvió a su habitación y, convencido de estar ante la ropa de otro hombre, Filippo observó largo rato la chaqueta colgada en el respaldo del sillón y le admiró el impecable planchado de los pantalones negros junto a los que reposaba una corbata gris perla. Después, esforzándose por descifrar aquella letra extraña, Filippo leyó el cuaderno de notas de encima del escritorio y lo dejó, después, al filo de la cama. Tomando entre sus manos la cartera que asomaba del bolsillo de la chaqueta, Filippo palpó la elegante piel marrón, alabando para sí el buen gusto de su propietario; la abrió, contó el dinero, revisó las tarjetas de crédito y extrajo de ella una única fotografía. Miró fijamente a la mujer rubia pesando que era bella; desplazó su mirada al bebé que sujetaba y al tipo con los pantalones negros y la corbata gris perla que posaba junto a ella. Parecían felices.
Sin saber por qué, comenzó a inquietarse. Algo no terminaba de ir bien. Caminó hacia el aseo y, mientras la bañera redonda se llenaba de agua, agarró el cepillo de dientes, se enjuagó la boca y lo colocó en una enorme bolsa de aseo que le dio la sensación de ser amplia y muy práctica; el tipo de bolsa que él hubiese elegido. Al salir del baño, en el espejo empañado por el vaho, examinó con desconcierto aquel cuerpo desnudo, como si ni una sola de sus partes y, mucho menos el armónico conjunto que todas ellas formaban, fueran suyos. Permaneció largo rato sumergido en el agua y salió, al fin, envolviéndose en un albornoz blanco, mullido. El baño no le había tranquilizado. Cada vez estaba más inquieto. Se afeitó con automatismo, acarició su rostro y miró esos ojos, turbado por la sensación que le había perseguido durante todo el día, ésa de la que no lograba desprenderse: ¿qué tenía él que ver con aquel hombre que le asaltaba en una fotografía para volver después a acecharle detrás de los espejos? ¿Qué siniestra alucinación estaba teniendo? Intentaba recordarse a sí mismo, pero sólo era capaz de verse como una mancha informe parecida a las que había observado aquella noche desde la ventana. Sus escasos recuerdos de aquella noche lo convertían también a él en una figura borrosa, en un contorno indefinido.
Volvió al dormitorio y, agitado por una creciente angustia, bordeando el ataque de pánico, revolvió la maleta negra hasta dar con un bote de barbitúricos. Desesperado, se los tragó uno a uno, hasta terminar con todas las pastillas. Unos minutos después, los dedos de las manos se aflojaron y sólo se oyó el rumor de un cilindro de plástico, hueco, vacío, rodando sobre el suelo. Y Filippo cayó, flojo, elegante como un bailarín de ballet, sobre las baldosas de mármol, justo a los pies de la cama.
Cuando la mujer rubia llegó al depósito de cadáveres al día siguiente, inspeccionó una a una las pruebas periciales, horrorizándose al comprobar que, sin lugar a dudas, aquellas ropas, la agenda, esa cartera, la documentación, la fotografía de carnet, los enseres de aseo, eran los de su marido. Al llegar a la mesa de autopsias, los policías descorrieron la sábana que cubría a Filippo. Siendo, incluso, el cuerpo que yacía en la mesa de autopsias el de su amantísimo esposo, el rostro de la mujer no mostró perturbación alguna. Estuvo observando largo rato a aquel hombre y en todo momento le pareció un perfecto desconocido.