jueves 12 de enero de 2012

Ensayando la muerte del amor

De una esquina a otra de la habitación, ruedan los reproches. Los dos lanzan las frases apuntando al otro con la precisión de un jugador de bolos profesional. No hay piedad ni descanso. Dos pasos atrás para tomar impulso, el brazo flexionado que describe una parábola perfecta y, a mitad del recorrido, proyectar esa redondez perfecta y pulida directa a los pies del oponente. Si uno de ellos se detuviese, si no saltase a tiempo o retrasase el tiro, el otro caería al suelo en un segundo, arrastrado por la esfera brillante, de bruces contra el parqué recién encerado. Pero su voraz coreografía está perfectamente calculada. Cuando todas las bolas de billar yacen quietas en mitad de la pista, exhaustos, cambian de juego. Es el tiempo de afilar los dardos. Afinando el tiro, ambos guiñan el ojo mientras encuadran en su punto de mira el centro de la diana: ese redondel rojo, diminuto, sobre la piel del otro, justo a la altura del ventrículo izquierdo del corazón. Al rato, cuando no quedan dardos en el vaso y han errado (¿a propósito?) todos los tiros, vuelven a la versión más elegante de ellos mismos. Él se quita sus guantes negros y golpea la mejilla de ella. Ambos se miran frente a frente, con sus vestidos de época perfectamente almidonados; se dan la espalda despacio y comienzan a caminar en direcciones opuestas, con las pistolas cargadas. Cuentan hasta diez y se dan la vuelta con rapidez, dejando el ruido preciso de sus armas, dos casquillos de bala entre la hierba y un olor insoportable a pólvora en el aire. Pero, ¿y si los dos se detuviesen al tercer, al cuarto, al quinto paso, simplemente?, ¿Y si todo se acabase y cada uno tomase su camino antes de que alguien saliese malherido? Es una posibilidad en la que no piensan. Sacar el pañuelo blanco y agitar las manos desde lejos, dejarlo en tablas, olvidarse, aflojar las cuerdas, deshacer tanto nudo urdido por la rabia y separarse, al fin, dejándose en paz de una vez por todas..., ni por un momento quieren pensar en ello. El daño es lo único que pudieron salvar de sus cenizas y no quieren, por nada del mundo, tener que renunciar también a eso.

viernes 30 de diciembre de 2011

BALADA DE FIN DE AÑO

Declinaba diciembre. Hurgué en los restos de los últimos meses para componer con ellos mi particular balada de fin de año. Más mujer-topo que mujer-pájaro (Las alas yacen cubiertas de agujeros de bala. Todavía no he tenido el valor de parchearlas) era consciente de haberme pasado el último año y medio excavando. Mi casa: una galería de túneles subterráneos, un lugar inmenso, que llegó a ser hermoso por momentos, aunque nadie más pudiera visitarlo. Parada junto a la tierra removida, hubo días en que creí estar ante mi tumba. Extraño presentirme tan muerta, adivinarme regresando de todas las batallas, claramente vencida. El miedo presidió mi mesa, llegando exacto al toque de campana que anunciaba las cenas, a las diez. Con la misma puntualidad inglesa, lo recibí cada noche haciendo reverencias, hasta que su presencia dejó de incomodarme. Con mi nuevo pelaje, transformada en un animal ciego, me quedé lo más quieta que pude y allí, guardé silencio. No recuerdo si en plena hibernación alcanzaba a soñar o si solamente dormía. A medida que los días fueron más luminosos, ensayé liberarme de lo oscuro. Tracé planes de huida diminutos, a la medida de mis nuevas proporciones. Me busqué en la literatura y el estudio, en todo lo que casi había olvidado. Recuerdo de la cueva recién abandonada, las pulgas siguieron anidando entre mi pelo y, aunque recuperado mi disfraz de mujer-bala, mi apariencia humanoide, el animal que vive en túneles sin luz siguió habitando aún mis interiores. El cuerpo-alma se había vuelto mojama, desértica planicie, tierra azabache incapaz de alumbrar lo profundo y expulsar a la criatura que vive de cavar negros túneles en los espíritus más negros. No volvió la música. Aún no se decide a estar de vuelta. En primavera, me transformé divertida en un fantasma, y nada me pareció más acorde al momento. Las reuniones con la señora que quería hacer de su vida de huecos una novela fueron a ratos humorísticas, a ratos tan sólo algo irritantes. Rodeada de escenas surrealistas, reingresando en la literatura convertida en personaje de Beckett, escuché a mi señora Pepita y, disfrutando a ratos de aquel teatro del absurdo, le escribí una vida que no había sido la suya, en la que ella, curiosamente, estuvo dispuesta a reflejarse. Vinieron los días de cajas registradoras y papel de regalo para envolver best-sellers, libros de autoayuda, y todo tipo de páginas impresas que el mercado se empeñaba en hacer pasar por literarias. Llegaron los clásicos ligados al trabajo: los juegos de poder que buscan por respuesta mansedumbre; y yo, como siempre, sintiéndome torpe en esas lides, guardándome la rabia en los bolsillos, poniendo a ratos en jaque a las dos reinas. El verano antecedía un tiempo de mudanzas. Preparándonos el nido, tú y yo coleccionábamos ramitas y encalábamos las paredes de aquel patio florido. Llené el cenador de farolillos y la casa de velas de colores. Prometeo que nace al albor del sonido de las olas, traje el fuego, la luz, a los rincones, cuando nuestro hogar de salitre y brisa fresca empezaba a perfilarse. Mis miedos, mis maletas, mis ganas y mis libros se amontonaron en el suelo. Hice nuestro el espacio que había sido tuyo, dejando mi huella impresa en las baldosas. Y a la vuelta de un viaje a mis raíces, de un mes de sur coronado con tu cuerpo, volvimos juntos a casa, golpeando a la vez nuestros talones. El amor fue templándome los nervios y el miedo ya apenas se atreve a visitarme. Nunca falta en casa algo caliente, ni la risa que llega en el momento justo, cuando mi mirada parece ensombrecerse. Que sigan sin faltarnos. Que tu cuerpo-madriguera me siga cobijando y, al contacto con tu piel, se borren las heridas. No tengo prisa. Sé que un día cualquiera, zurciré mis alas y volveré a coserlas a mi espalda.

miércoles 17 de agosto de 2011

Si supieras, Federico

Y, ¿qué te importa a ti este vuelo de papeles afilados que desde las tribunas se lanzan los unos a los otros disputándose tu nombre? ¿Qué te importan las trincheras impresas desde las que disecaron tu palabra de hierbabuena, el cuchicheo que traspasa las paredes de los despachos donde se teje la conjura de Narcisos que decidieron hacer de tu cadáver su espejo? ¿Qué tienen que ver con tus versos este olor a formol de la academia, esta fiebre de insignias que las autoridades se empeñan en hincar con alfileres en tu pecho, esta locura de panfletos que reclaman con tu rostro la adhesión a sus causas? La Torre de la Vela está siendo acribillada por balas de luz a todas horas; ésta no es la Granada que tú hubieses querido. Los francotiradores se apostan en San Nicolás con gorras y chancletas y disparan una y otra vez contra los muros de la Alhambra; tanta avaricia terminará cayéndonos encima. Ningún niño canta ya el romance de Mariana Pineda y sólo las palomas que defecan en su rostro de piedra y anidan en su bandera se acuerdan ya de tu heroína. ¿Cuántos en esa hilera de palcos donde apuntan una a una las cosas que de ti les van dictando ésos que se jactan de conocer todos tus secretos, habrán abierto a solas un libro tuyo y habrán sabido llorar sin notas al margen, reír sin subrayados? Si supieras, Federico, que lo mismo te usan de bastión que de cuchillo, si supieras lo siniestro que puede ser oír tu nombre, cuando los buitres planean sobre él queriendo hincar sus picos en tu carne, robarles el festín a los gusanos. Si supieras cuánta razón tenías: “No son los muertos los que bailan”. Los que bailan “son los otros, los borrachos de plata, los hombres fríos, los que buscan la lombriz en el paisaje de las escaleras”. Los tipos de traje y de sombrero se juntan alrededor de una mesa para jugar al póker con tus huesos; apuestan si sellarán tu fosa para siempre o la abrirán para exhibir tu cráneo en los museos. Y, en mitad de tanto juego absurdo alrededor de tu nombre, de tanta cátedra, de tanto premio, de tanta autoridad conseguida a fuerza de gritar aquello que escribiste más alto que los otros, demasiados viven del usufructo de tus versos tibios y mojados. Si supieras que las ramas del olivo bajo el que te dieron muerte están coronadas por fajos de billetes, que tu recuerdo es un parque de atracciones donde un puesto de algodón de azúcar precede a uno mayor, de tiro al blanco. Si supieras, al fin, Federico, cómo te devolvieron de este lado los que te reivindican su poeta, sin importarles nada que tú ya hubieras dicho: “Yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja, pero sí un pulso herido que ronda las cosas del otro lado”.

EL POETA

El poeta supo que la verdad incómoda que el público rehuía, todo lo que las gentes de bien encerraban bajo siete candados con el afán de olvidar, conformaba el cenagal del que tenía que surgir el teatro al que él aspiraba. Supo que había que hacer revolverse a los espectadores en sus palcos, provocarles la náusea que reprimían. Desenmascarar a la literatura, pero, sobre todo, desenmascarar a quienes se parapetaban tras la conformidad con una noción de arte que no les obligaba a mirar lo que no querían ver, que les reafirmaba, a fuerza de artificios estéticos y morales, en la ficción que habían convenido como auténtica: la de sus propias vidas ordenadas y pulcras, la de un mundo levantado a costa de aparentar que nada de lo que pasaba estaba teniendo lugar, que todo permanecía en su sitio. El poeta se aventuró a convertir su propio teatro en un estercolero, en un pantano vacío de agua que dejaba de pronto al descubierto la injusticia, la incoherencia, la bestialidad, lo que nadie quería enfrentar sin tapujos: “Para no ver el inmenso torrente de lágrimas que nos rodea cubrís de encajes las ventanas”. Ensayó, en El público y Comedia sin título, ese otro teatro, visceral y devastador, que pondría en jaque todas las mentiras y la falsa belleza en las que convenimos creer para que nuestro mundo podrido no se viniera abajo. En la etapa surrealista aparece el Lorca más real, más apegado al ser, al necesario ejercicio de mirarse de veras al espejo sin autoengaños ni simulaciones. Denunció que los dramas que conmovían y entretenían a la sociedad de su tiempo estaban haciendo oídos sordos a la verdad mísera de las calles, al dolor de la gente, y echó abajo la belleza de atrezzo, quiso que lo que ocurría entre bambalinas se convirtiera también en parte de la trama, que los trucos del teatro se mostraran a sí mismos como tales y que, desde los palcos, los asistentes vieran cuál era el rostro sin maquillaje de la vida, el aspecto del desnudo que queda bajo todas las máscaras. Hizo así del teatro una metáfora del mundo, al que sabía que habíamos de despojar de todo convencionalismo moral y social, para entender al ser humano y representarlo de veras, mostrando las caras que tamizamos con cientos de caretas, para no ver de lo que realmente estamos hechos. Por eso lo asesinaron, por obligar a su tiempo a mirar sin velos el horror que a todos nos habita, por forzar al hombre a reconocerse en una imagen de sí sin encubrimientos ni distorsiones. Y por eso sigue, hoy, más vivo que nunca.

PREGUNTAD AL OLIVO

Enroscado en su propio tallo, hay un olivo que es portador de todos los secretos. En mitad de la nada, el árbol clava sus raíces sobre la tierra disponiéndolas como si fuesen tentáculos y abraza al poeta mientras las balas rastrean el aire buscando el calor de un cuerpo asustado. No queda más que el silencio. El olivo acaricia al poeta con dedos ásperos. Tiene el tronco torcido de anhelar crecer al mismo tiempo en todas direcciones. El barranco de Víznar vigila su sombra entreverada de aceitunas y hojas. No se sabe si es cómplice o si se hubiese tapado los ojos con las ramas de haber podido evitar ver morir a Federico. Cuando los cascotes se arremolinan en la tierra y han sonado ya todos los disparos, el poeta se agarra a los pies secos del olivo. Pero ya no soy yo ni mi casa es ya mi casa. No se sabe cuántas balas se han hincado en el aire antes de penetrarle, dónde empiezan la herida, la sangre, la rabia, el miedo a morir, el agua podrida de los pozos, el metal helado de todos los cuchillos, la luna como un pez de plata; tal vez aún espera que las balas se deshagan como terrones de azúcar antes de alcanzarle. Yo vuelvo a por mis alas, dejadme volver. Una hilera de uniformes sigue la trayectoria del cuerpo al caer; no se sabe si los tricornios rumian auténtico odio o se trata tan sólo de una danza de órdenes que se obedecen a ciegas, de una serie de giros movidos por una sed anónima de sangre. Tropezando con mi rostro distinto de cada día. No se sabe si saben a quién matan, si leyeron La Aurora o vieron a la Xirgú coser la libertad a una bandera en algún escenario. No se sabe si en el instante en que se dispararon los fusiles hubo un rastro de mala conciencia peinando la brisa; si alguien lloró o sólo hubo silencio; si los fusilados dejaron su dignidad colgada en las ramas para hacerse un traje con todo el miedo, la saliva y las súplicas que pudieron acumular antes de irse. No se sabe si ellos, los asesinos, llorarían después o celebrarían su miseria con alcohol y con risas. Aquí no hay mañana ni esperanza posible. Pero sí se sabe algo: que todas las palabras escritas al filo de la incomprensión por el poder y sus macabros juegos siguen latiendo, que los versos del poeta se retuercen aún como lombrices en el barro, afónicos de aullar la misma rebeldía durante setenta años y que ésta siga estando cercada por la derrota, atrapada en un amasijo de dólares y bombas, sola, herida, apuntando siempre a lo imposible.

sábado 31 de julio de 2010

Entre Oz e Ítaca

¿Qué pensaba Dorothy mientras agitaba sus zapatitos rojos y apretaba a Toto contra su pecho, mientras repetía para sí: “no hay nada mejor que estar en casa”? ¿Qué pensó Ulises cuando divisó Ítaca a lo lejos, después de tanto tiempo? Mientras los narradores describían la plenitud de la vuelta al hogar, el sueño cumplido del regreso, ¿qué miedos de los que nadie habló asaltaban a los repatriados? ¿Y si, en su ausencia, todo hubiese cambiado hasta volverse irreconocible? ¿Y si, por el contrario, todo hubiera permanecido exactamente igual, idéntico a como lo recordaban? ¿Qué encontrarían: la perturbación o la asfixia? Y ellos, ¿podrían olvidar que ya eran otros, distintos a los que dejaron atrás aquellas tierras que un día pudieron sentir suyas? ¿Podrían desembarazarse del recuerdo de cíclopes y sirenas, de espantapájaros y hombres de hojalata, de todo lo acumulado a lo largo del viaje? Es más, ¿querrían olvidarlo? ¿Acababan ahí, en el preciso momento de alcanzar lo que tanto habían perseguido, sus historias? ¿Adónde dirigirse una vez cruzada la línea de meta? ¿Qué sentido puede tener la vida cuando el imposible que perseguimos se vuelve real, cuando todos los relatos nos dan por vencedores? ¿No es quizás la incomodidad, la sensación de no haber llegado aún a casa, el impulso vital que nos arroja al mundo? ¿No es el viaje la única manera que tenemos de aferrarnos a la vida? La alfombra de fieltro que nos da la bienvenida, las zapatillas calientes que adoptaron la forma de nuestros pies hasta considerarla una forma propia, Penélope, la quietud de lo que espera por nosotros, ¿no nos matan un poco más, no nos precipitan hacia la muerte? ¿Amarrarse o errar sin rumbo? ¿No perder jamás de vista el Norte o pisotear la brújula hasta romperla en mil pedazos? ¿Cómo puede vivirse con un pie dentro y otro fuera? ¿Cómo seguir explorando lo ignoto sin renunciar a la seguridad de una constante? Y, el que espera, ¿qué derecho tenemos a arrebatarle así la vida, a atarlo a un tiempo en el que no ocurre nada? Entre Oz e Ítaca, entre tejer y destejer, entre la inmensidad del mar y las cuatro paredes, ¿cómo permanecer siempre en el impás que precede al regreso avistando la patria? ¿Cómo congelar el momento de chocar contra sí los zapatos rojos de charol, con el corazón encogido por las dudas, la esperanza, la nostalgia, el anhelo, con todas las preguntas abiertas y el final esperando a ser narrado? Agitando las manos en el aire, despidiéndonos de Oz, cuando comienza a oler a casa, justo antes de poner el pie en nuestra isla, con todo lo vivido interrogándonos... ¿Cómo congelar el momento? ¿Cómo quedarse ahí donde la búsqueda no acaba?

martes 19 de mayo de 2009

RÉQUIEM AL POETA DISCRETO

Fue, junto con Neruda, quien llenó de versos las primeras heridas, quien inauguró mi conciencia política y poética, dando nombre a embrionarias rebeliones, que surgieron al albor de las primeras dudas y sospechas. Fue el poeta con el que abandoné la infancia y descubrí tristezas y trincheras, y hubo un tiempo en el que convertí en ritual recorrer sus versos discretos y sencillos, ésos de los que nadie habló después en los círculos universitarios, ésos que parecía de mal gusto citar entre poetas. Cuando llegaron Borges, Joyce, Kafka, Musil o Dostoievski, cuando el paisaje literario se volvió denso, llenando de prosa mis predilecciones, cuando parecía que había que arrepentirse o avergonzarse, no me ruboricé al declamar de memoria sus estrofas (somos torpes o demasiado cautos/ pensamos que la batalla es nuestra o de ninguno), al encabezar mis trabajos con sus versos (no te salves ahora ni nunca/ no te salves); no supe, no pude abandonarle. Siempre me pareció mezquina la soberbia con que los intelectuales le abjuraban, el desprecio abyecto de algunos elitistas que tachaban sus versos de infantiles, que describían su tierna ingenuidad como una tara. Y, aunque le fui relegando de a poco, sin casi darme cuenta, más por necesidad de hacer hueco a otros hallazgos que por purismo, siempre hubo quien me obsequió con un último poemario que yo leía con enorme cariño, fiel a la ternura y al respeto que el poeta me inspiraba. Así, sus versos envejecieron delante de mis ojos, se llenaron de arrugas y de canas, se encorvaron suavizando nostalgias y recuerdos, relativizando victorias y derrotas, haciendo de la memoria y de la espera de la muerte un refugio tranquilo (Me he quedado con las manos vacías/ esperando que alguien me convoque). Me conmovió la belleza apocada de su escritura postrera (A los ochenta las paredes miran/ y a veces hablan y aseguran/ que todavía no van a derrumbarse), la forma en que Benedetti presentía la muerte, a veces con estoicismo (La juventud está tan lejos/ la infancia tan remota/ las pugnas tan perdidas/ que no hay que buscar más/ porque es inútil), a veces con vetas de rabia, agitándose aún al sentirse vencido (No quise ser escarcha/ y sin embargo/ me arrinconó la vida). Me provocó una ternura infinita su imagen dulce de abuelo de todos, su voz apagada, esa forma suya de leer los versos como quien lee para sí mismo, seguro de que no vale la pena alzar la voz para tan poca cosa como un verso. Me conquistaron su humildad y su decoro, su forma de huir de la estridencia, la lección sin precio de su huella discreta. Y hoy le lloro porque, a estas alturas, su rostro familiar, su poesía tantas veces compañera, su murmullo literario que lleva casi dos décadas conmigo, me hacen quererle como a un maestro, admirarle como se admira a un viejo amigo.